Thoma Merton: Semillas y Frutos de la Contemplación

Robert E. Doud

THOMAS MERTON (1915-1968) fue un monje trapense estadounidense además de escritor, teólogo, místico, poeta, activista social, crítico de la iglesia y de la cultura, y estudioso de la religión comparada. Complejo y versátil, Merton encarna el silencio del monje y la volubilidad de la celebridad literaria. De hecho, el silencio, la soledad y la contemplación son los valores que encontramos, unidos a su práctica, en el corazón de toda su enseñanza. También constituyen el latido más hondo de su prolífica poesía, que me dispongo a explorar a continuación.

Merton fue ordenado sacerdote en 1949, y su nombre monástico fue Padre Louis, OCSO. Su autobiografía, titulada La montaña de los siete círculos, fue un éxito de ventas en 1948, el año anterior a su ordenación, e inspiró una oleada de vocaciones religiosas y monásticas ya que los jóvenes ingresaban en los monasterios en busca de paz interior y de un sentido más profundo para sus vidas. El título del libro hace referencia a la montaña del purgatorio en la Divina Comedia de Dante aunque Merton se distanció posteriormente de ese libro, como si su autor hubiera sido alguien que Merton había dejado de ser. Es probable, además, que Dante y su obra maestra llegaran a ser vistas por Merton, posteriormente, como reliquias de una perspectiva medieval que ya no tenía el mismo valor para la nueva Iglesia y la teología que llegaría a hacer suyas.

Con el paso del tiempo, la importancia de Merton como autor fue cada vez mayor. Su libro Semillas de Contemplación vio la luz en 1949 y fue considerado un clásico menor de la vida espiritual. Esa publicación fue posteriormente sujeta a revisión y reconstruida por Merton tras el Concilio Vaticano II, y volvió a ver la luz con el título de Nuevas semillas de Contemplación. Esta segunda versión fue reconocida de inmediato como una obra de suma importancia, como lo sigue siendo hasta el día de hoy y sin duda está llamada a seguir siéndolo. En ella, Merton se dirige no sólo a los monjes y a los miembros de las órdenes religiosas católicas romanas, sino a todas las personas a quienes Dios habla y ofrece su gracia:

Cada momento y cada acontecimiento de la vida de todas y cada una de las personas sobre la tierra siembra algo en su alma. Pues, al igual que el viento arrastra miles de semillas aladas, así también cada momento lleva consigo gérmenes de espiritualidad que se posan imperceptiblemente en las mentes y en la voluntades de los seres humanos. La mayoría de estas innumerables semillas perecen y se pierden, porque los hombres no están preparados para recibirlas, pues tales semillas sólo pueden brotar en la tierra buena de la libertad, la espontaneidad y el amor1.

Y, de nuevo, más adelante, leemos: “Las semillas que en todo momento planta la voluntad de Dios en mi libertad son las semillas de mi identidad, de mi realidad, de mi felicidad, de mi santidad”2. Los gérmenes de espiritualidad o las semillas de contemplación, en la imagen de Merton, son la forma en que somos instados, momento a momento, a llegar a ser el yo y la persona que Dios ha sembrado y su crecimiento va aconteciendo durante la trayectoria de la propia existencia. Son a un tiempo simiente de la vida misma, gérmenes de su continuidad, y semillas de identidad, de amor y de libertad.

Los poemas de Merton operan como símbolos que ponen nombre a lo inimaginable y que, paradójicamente, encuentran expresión en el cuerpo encarnado del lenguaje. Como tales, las poesías acercan la experiencia inmediata de Dios en un alma y comunican, mediándola, esa misma vivencia a otras almas. Esto es lo que se conoce como contemplata tradere o contemplata aliis tradere, es decir, compartir el fruto de la contemplación de modo tal que propicie y encienda en nosotros, lectoras o lectores, nuestra propia contemplación3. Merton concibió sus poemas como el terreno en el que Dios puede sembrar semillas de sentido (propósito y orientación) para alentar la contemplación en nuestro propio interior y hacer que prenda el deseo ardiente de nuestra unión mística con Dios.

“El cementerio trapense – Getsemaní”: Poesía y muerte4

Getsemaní es el nombre bíblico del huerto en el que Cristo padeció su inmensa agonía psicológica y la cobarde traición de sus amados discípulos. También es el nombre del remoto monasterio cerca de Louisville, en Kentucky, donde los monjes de la más estricta y ascética observancia llevan una vida de oración, trabajo, ayuno, vigilia nocturna y olvido del mundo. Del mismo modo, para el monje supone una fuente de alegría creer que ha sido olvidado por el mundo. En el cementerio del monasterio, “las sencillas cruces se contentan ocultando vuestros personajes”.

El cementerio de la Abadía de Getsemaní (Fotografía: ©Bryan Sherwood)

La vocación del monje es llevar una vida oculta: una vida escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:2-3). Los monjes que yacen en sus tumbas esperan la resurrección de Cristo y la suya propia. Siguen formando parte del monasterio, de su comunidad y de su oración y trabajo silenciosos. Se asemejan a personas que se encuentran de viaje:

Y nosotros, marineros, y viajeros, inmigrantes de ojos abiertos,

Rezando y sudando en nuestros camarotes,
yacemos tranquilos y contamos con amor las campanadas que marcan las leguas, mar adentro, hasta arribar a puerto.

En este poema, el monasterio entero parece un cementerio en el que los hombres, muertos para el mundo, esperan el gozo de la resurrección. Por la noche, se tumban en sus catres y cuentan, con amor, uno tras otro, el tañido de las campanas del monasterio. Y a pesar de estar anclados en la estabilidad del monasterio, los monjes se hallan de camino, cual si fueran marineros, viajeros o inmigrantes.

Pudiera decirse, no sin rigor, que la poesía, en su totalidad, tiene que ver de alguna forma con la muerte, con lo extremo, con la tarde de la vida, su fugacidad y lo efímero de las alegrías y los placeres. Con frecuencia la transitoriedad y brevedad de las satisfacciones mundanas son motivo de lamento, aun cuando se celebren y se guste de ellas. Aquí se sabe que el futuro del monje, despierto por la noche en su celda, es la tumba que será coronada con una pequeña cruz. La conciencia del monje, su humildad y su compunción, se basan en ser plenamente conscientes de ello.

“Cactus floreciendo en la noche»: El verdadero yo5

“Cactus floreciendo en la noche” es quizás el poema más íntimo y central que jamás escribiera Merton, pues contiene una idea que esconde el núcleo axial de toda su poesía6. La noche es un momento especial para Merton: el tiempo de un precioso ocultamiento, el de la soledad y la contemplación. Es entonces cuando la naturaleza se acalla y la gracia se apodera de ella, fluyendo abundantemente en el alma mística, cuando el alma se baña íntimamente en la dicha del abandono y, receptiva, se expande. Este poema expresa y abraza la pasión, incluso la pasión sexual sublimada, de la noche, que transforma en anhelo del suelo virginal de Dios: “Soy la suma pureza de la sed virginal”7.

Al abrirse paso entre la piel dura y espinosa del cactus, como un cirio, esta flor tan hermosa y delicada es nocturna y mantiene su floración sólo una noche al año. La espléndida flor se marchita enseguida, expuesta al calor y a la luz del alba. Es demasiado tímida para seguir viva. Su aparición en la noche es un gran regalo para el universo: “Nadie responde a mi magnificencia”. El único sentimiento de la flor es el de su propia dignidad privada, su generosidad expansiva y su importancia oculta.

Conozco mi hora, que es oscura, silenciosa y breve
porque únicamente me hago presente sin previo aviso durante una noche8.

La flor del cactus, tímida y frágil, sólo irrumpe en la existencia brevemente y es un símbolo del verdadero yo, semejante al tímido ciervo de otros escritos de Merton que asoma apenas un instante en la linde del bosque9. El verdadero yo es el yo real y auténtico, oculto detrás del falso yo, esa envoltura de engaños y reflejos distorsionados con la que nos mostramos de forma abierta al mundo, incluso con descaro, aunque en realidad no se trata sino de una máscara defensiva. Mientras tanto, el verdadero yo sigue creciendo con tanto más vigor cuanto más se esconde en nuestro interior, en un estado de contemplación permanente, bien que a menudo inconsciente. Muchas personas nunca llegan a conocer su propio yo interior, con potencial de autenticidad, o ni siquiera sospechan que guardan, en lo escondido, un yo verdadero. A medida que crecemos en oración y autoconocimiento, el falso yo pierde fuerza y brota el verdadero yo, como la flor pura de ese cactus que prende como una llama en la noche.

En su libro sobre Merton, The Wisdom and Spirit of Thomas Merton [La sabiduría y el espíritu de Thomas Merton], Anne Carr destaca esta cita:

Todo lo que podemos hacer por medio de alguna disciplina espiritual es producir en nuestro interior algo del silencio, de la humildad, del desapego, de la pureza de corazón y de la indiferencia que se requieren para que el ser interno haga alguna tímida e impredecible manifestación de su presencia10.

“Cables to the Ace”: una oración que lo absorbe todo11

Cables to the Ace (1968)12, es un poema de excesos que roza lo maníaco, inmoderado, plagado de meandros y zigzagueos y empeñado en abarcar más datos de los que pueda asimilar. Su unidad no reside en su ambición de incluirlo todo ni en su vertebración. Su consistencia y su fuerza residen en que el poema logra mantener el foco en el Cristo oculto y en el yo verdadero que, escondido, capta la presencia de Cristo en todas las cosas, a pesar de los abrumadores detalles y de las distracciones que el poema presenta. El verdadero yo en el ápice del alma, que no es nada para los sentidos, es el triunfo o el “as de las libertades”13.

Imaginemos a Merton viajando en avión a un congreso o a un retiro en algún lugar, escuchando mensajes que crepitan por la radio de la cabina, mientras el piloto se comunica con la torre antes de despegar:

Estoy a punto de llegar a mi casa
en la cumbre de la campana
Mi mente a mil pies de altura sintoniza con el as de las canciones
entre agujas y luces aleatorias
para purificar
las veloces sodas magnéticas de la piel14

La campana es un símbolo central y recurrente en la poesía de Merton. Representa el monasterio, y su tañido convoca a los monjes a la oración y a otras actividades; en el monasterio, la campana es la voz de Dios. Como el aeropuerto, también la capilla del monasterio tiene una torre, y corresponde al piloto mantener contacto constante con la torre. La campana también podría representar la cima del alma, el punto culminante del verdadero yo. A punto de volar alto en el cielo, las “agujas” sugieren excitación, tal vez lluvia golpeando las ventanas; puntos y manchas de “luces aleatorias” rodean el avión. El yo exterior o empírico, que experimenta el mundo, es una piel que acoge los estímulos que tocan el epitelio. A medida que se acerca el momento de la ascensión se produce una especie de purificación.

Dispersos, desordenados, fragmentados, los cables podrían representar las oraciones dirigidas al As, Cristo, el guía y heroico piloto de nuestras vidas. Los cables ofrecen, como oraciones, los contenidos febriles de una mente: memoria, imaginación y conciencia. Los temas y tópicos de los poemas experimentan numerosos vaivenes y transmutaciones. El último de ellos ya constituye, en sí, una oración; es una plegaria que lo absorbe todo a la vez: frustración, distracción, resistencia y excitación. Este océano de palabras confusas no logra expresar lo que las palabras quieren significar. Pero Jesús es el As y su escucha se abre paso entre el ruido. La impresión que deja es la de una auto-parodia (que revela humildad) y una parodia del mundo (que muestra su soledad). En la estrofa 80, Jesús se acerca por fin a través del caos y el revoltijo de mensajes electrónicos:

Despacio, lentamente
viene Cristo por el jardín
hablando a los árboles sagrados …15

“En silencio”: Todo está en llamas16

En Cables to the Ace la conciencia de Merton es global y universal. En este poema, que aparece en The Strange Islands [Las ínsulas extrañas] (1957), su mundo es sólo el monasterio, “las piedras del muro”.

Pero finalmente, Merton nos dice:

… El mundo entero
está misteriosamente incendiado. Las piedras arden …

Podríamos pensar que este fuego es el de la tentación, la mundanidad y el engaño autodestructivo. Quizás, empero, Merton esté hablando de un fuego diferente: no el fuego de la distracción mundana, sino un fuego espiritual inextinguible, el del anhelo de Dios que alcanza una intensidad cada vez mayor.

Este fuego es el de la llama del alma en el místico, y su comprensión de que toda la creación anhela y gime con él por un bálsamo que sólo cura mientras sigue quemando. Todo lo que es, es santo. La realidad arde de santidad. El mundo entero está místicamente en llamas, y solo en el propio incendio encontramos alivio. El ascetismo del monasterio sólo se sostiene merced al consuelo de la intensidad de su oración. Incluso las piedras arden. El mismo silencio que buscamos está en llamas. En el silencio el verdadero yo se busca a sí mismo, es decir, el verdadero yo busca al yo en permanente unión mística con Dios. Las piedras de los muros del monasterio nos invitan a arriesgarnos a atravesar el fuego para alcanzar la condición del silencio. Ese silencio del que Merton habla poéticamente es el espacio que habita, y no es otra sino esa la más rica y plena de las experiencias humanas.

Las propias piedras de nuestro planeta claman una respuesta que exige caer en la cuenta de quiénes somos. Escuchar y obedecer a las piedras es encontrar el yo verdadero en nuestro interior. Las piedras conspiran para favorecer nuestro ascenso a la verdad. No hay nada en la naturaleza que no comparta la aspiración de recibir y reverenciar la gracia de Dios. Merton recupera de la tradición contemplativa y monástica la idea del verdadero yo que Dios está constantemente tratando de crear dentro de nosotros: un yo que implica nuestra cooperación en la misma creación a través de nuestra propia libertad. “Oculto en Dios con Cristo”, el verdadero yo brota y se abre paso, floreciendo en el yo exterior, como sal para la tierra y luz para el mundo.17 Dios actúa en nosotros de forma persuasiva y nos mueve a una decisión que implica y aumenta nuestra autonomía personal. Aprendemos a vivir, en consecuencia, según el antiguo y siempre válido axioma: “La gloria de Dios es el hombre (y la mujer) plenamente vivo”.18

“La libertad como experiencia”: El amor de la Trinidad19

En “La libertad como experiencia”, Merton vincula el amor infinito y abundante de la Trinidad con la idea de la libertad infinita. La inferencia que puede colegir nuestra humana intelección es que nuestra imbricación en la Trinidad nos otorga una libertad ilimitada, antes que leyes y obligaciones restrictivas. Merton, consciente de la tensión paradójica entre ley y libertad, considerando la primacía del amor, y apoyándose en ella, convierte la libertad misma en la ley última. Nuestra capacidad para amar sólo puede ser tan grande como nuestra libertad para amar. Así, nuestra participación en el baile, o “danza general” de la Trinidad es la más grande y definitiva experiencia de liberación:

Comparado con el Amor, tu ley trinitaria,
todos los astros inexorables son anarquistas:
Sin embargo, están limitadas por el amor y el Amor es infinitamente libre.

“La caída” y “el Tao”: Teología negativa20

La teología negativa o apofática es la teología que parte del fracaso del pensamiento a la hora de expresar o representar adecuadamente la naturaleza trascendente de la realidad divina. A menudo se la asocia con los escritos de San Juan de la Cruz o de Meister Eckhart. Esta teología toma en consideración el punto virgen, o point vierge: ese momento intemporal justo antes de que una persona sea creada, cuando, sin ser todavía nada, es, no obstante, radicalmente una con el creador; todavía le aguarda llegar a ser independiente, existir como criatura. El misticismo implica a menudo el deseo de recuperar y volver a experimentar, como una bendición, ese estado de unión primigenia con Dios. Merton expresa su anhelo de restablecer ese estado primordial previo a la creación, carente de nombre, en “La Caída”:

En un lugar que no es lugar alguno en ti hay un paraíso al que no se entra sino sin historia.
Entrar allí es volverse innombrable.

Regresar a este estado previo incluso a la condición originaria es el paraíso. Vivir como lo hacemos en este mundo y en nuestra existencia creada es vivir en la caída, es decir, en el estado de pecado original y en las circunstancias derivadas del mismo. Merton hace uso de la retórica oscura y vacía de la teología negativa, así como de su paradójica capacidad para expresar lo que en principio es inefable. Esa expresión no puede ser literal y debe recurrir a la poesía.

Merton está en su elemento y ha encontrado su propia voz al traducir la poesía de Chuang Tzu (Zwangse). La mística y suprema realidad es el principio inefable que no se puede ver, tocar o conocer. Sin embargo, el Tao, o la Vía, nos conoce muy bien e incluso es benevolente con nosotros de algún modo trascendente. Se cierne sobre nosotros y permanece en nuestro interior como el Seyn (ser) de Heidegger o el Ein Sof (Dios antes de la creación) de la Cábala.21

Un bello poema de Merton se refiere a las numerosas grullas de origami que los japoneses confeccionan como símbolo de paz. En el proceso de elaboración de estas grullas, el papel ya es, en sí, símbolo de lo sagrado. La palabra “papel” en japonés es kami, con la que también se designa a uno de los hermosos espíritus sagrados que están presentes en la naturaleza, o incluso a veces al dios supremo. Lo que propició la escritura del poema fue la llegada de la visita que algunos supervivientes del bombardeo de Hiroshima hicieron a Getsemaní en 1964. “Un pájaro de papel”, nos dice el poema, es “más fuerte que un halcón” porque no tiene enemigos ni ambiciones. Merton piensa en el niño que dio forma a ese pájaro, doblando el papel: la mano, el corazón y el ojo del niño, inocentes, irradiando vida. Esa mano del niño que “¡sin ganar ninguna guerra, acaba con todas!”

(Fotografía: ©Sandra Donoso)

“El despertar de San Juan Bautista”: La vocación contemplativa23

Merton compartía su vocación contemplativa con la de las otras grandes órdenes contemplativas de la Iglesia. Así lo reconoce en un poema titulado “El despertar de San Juan Bautista”. El momento de la vivificación es cuando Juan salta y patalea por primera vez en el vientre de Isabel, prima de María. Según una opinión, ese despertar coincide con el momento en que el feto experimenta por primera vez la vida de modo independiente. Merton considera que Juan el Bautista es un ermitaño, un anacoreta y un patrón para todos los monjes. Y Juan Bautista, semejante a un feto, escondido y encerrado en el vientre de Isabel, representa la quintaesencia del contemplativo:

Tu éxtasis es tu apostolado,
para quien patear es contemplata tradere.
Tu alegría es la vocación
de los hijos ocultos de la Madre Iglesia:
Quienes por voto yacen enterrados en el claustro o en la ermita

Quizás no se encuentre una descripción mejor de la vocación monástica o contemplativa que la que se dibuja con tan pocas palabras en este poema.

Semillas y frutos de la contemplación

Merton siguió experimentando con muchas formas de expresión poética: humorística, esotérica, surrealista, contracultural, con anti-poemas, o con versos de inspiración budista y zen. A todas ellas subyace su búsqueda del verdadero yo y de la expresión de su propio poema interior, su “voz secreta”. Su obra busca plantar semillas de

contemplación, transmitir sus frutos y compartir, con piadosa frustración, sus intentos de imaginar lo inimaginable.

El núcleo central y el objetivo persistente de la poesía y de la visión poética de Merton llegarían a ser la matriz de la visión social y el compromiso activo de su vida y poesía más tardías, en su madurez. La hermana Thérèse Lentfoehr escribe:

Esta era la visión central de Merton: la conciencia de Dios en el centro del ser. Y este fue su tema esencial, implícito en los primeros poemas o explícito -aunque velado por el lenguaje metafórico- en los últimos. No se trata en modo alguno de restar importancia a los ámbitos de preocupación social, que en sus últimas obras fueron tan amplios. Y es que todas surgieron de la matriz que fue ese centro contemplativo -un continuo de experiencia que abarcaba el mundo, tamizada por la mente creativa de un hombre cuyos horizontes espirituales eran ilimitados.24

Es difícil, si no imposible, mediante unos pocos poemas de Merton, hacer justicia al alcance y la complejidad de su personalidad humana y de su obra. Sin embargo, quizás rozar siquiera el nervio de su aguda sensibilidad poética y su núcleo contemplativo basten para animar al lector a adentrarse, cual tímido ciervo, en el denso boscaje de la escritura de Merton.

Robert E. Doud es profesor emérito de filosofía y estudios religiosos en el Pasadena City College de California. Tiene especial interés en aunar filosofía y poesía, y utiliza la poesía para articular una visión de la filosofía y la filosofía como herramienta interpretativa de la poesía. Sus artículos han aparecido en Process Studies, Review for Religious, The Journal of Religion, The Journal of the American Academy of Religion, Philosophy Today, The Thomist, Religion and Literature, Horizons, Soundings y Existentia.

[Publicado en The Way, 60/3 (July 2021), 65-75. Traducción de Fernando Beltrán Llavador]

Agradecemos a la revista el habernos permitido traducir y publicar este artículo en la página web de Cistercium


1 Thomas Merton, Nuevas semillas de contemplación (Santander: Sal Terrae, 2003), 36.
2 Merton, Nuevas semillas de contemplación, 54.
3 Véase Anne E. Carr, A Search for Wisdom and Spirit: Thomas Merton’s Theology of the Self (Notre Dame: University of Notre Dame, 1988), 146; “contemplata tradere, esto es, que su vocación exige compartir con otros lo que ha aprendido a través de su escritura”.
4 Thomas Merton, “El cementerio trapense – Getsemaní” [“The Trappist Cemetery-Gethsemani”], en The Collected Poems of Thomas Merton (Nueva York: New Directions, 1977), 116-118.
5 Thomas Merton, “Cactus floreciendo en la noche”, en Oh, Corazón Ardiente: Poesía de Amor y Disidencia, ed. y trad. Sonia Petisco (Madrid: Trotta, 2015), 163.
6 Véase Martin Heidegger, On the Way to Language, traducido al inglés por Peter D. Hertz (Nueva York: Harper and Row, 1971), 160; “Todo gran poeta crea su poesía a partir de un único enunciado poético”. Y luego, “El enunciado del poeta permanece tácito”. Todos los poemas que escribe un verdadero poeta se acercan de alguna manera a este poema interior no expresado [Existe versión española, De camino al habla (Barcelona: Ediciones del Serbal, 2002)].
7 Merton, “Cactus floreciendo en la noche», 163.
8 Merton, “Cactus floreciendo en la noche”, 163.
9 Véase Carr, Search for Wisdom and Spirit, 41; y George Kilcourse, “A Shy Wild Deer: The ‘True Self’ in Thomas Merton’s Poetry”, The Merton Annual, 16 (2003), 97-109.
10 Thomas Merton, “La experiencia interior: Notas sobre la contemplación”, Cistercium, 212 (1998) 812.
11 Thomas Merton, Cables to the Ace, en Collected Poems, 396-454.
12 Ese título, en el original en lengua inglesa, evoca significados múltiples alusivos a “envíos”, “mensajes”, “misivas”, “noticias”, tal vez “cables”, quizás “plegarias” al “as”, la carta de mayor valor en la baraja, pero también una partícula o algo, apenas una nadería, sumamente diminuto. Véase, además, la entrada “Poemas: Cables to the Ace” en William H. Shannon, Christine M. Bochen y Patrick F. O’Connell, Diccionario de Thomas Merton (Bilbao: Mensajero, 2015) 428-431 [N. del T.]
13 Merton, Cables to the Ace, 454.
14 Merton, Cables to the Ace, 453.
15 Merton, Cables to the Ace, 449.
16 Thomas Merton, “En silencio”, en Oh, Corazón Ardiente: Poesía de Amor y Disidencia, 105.
17 Thomas Merton, El hombre nuevo (Barcelona: Pomaire, 1966), 44.
18 San Ireneo, Contra las herejías, Libro 4, 20.7.
19 Thomas Merton, “La libertad como experiencia” [“Freedom as Experience”], en Collected Poems, 186- 187.
20 Thomas Merton, “La caída” [“The Fall”] y “El Tao” [“The Tao”], en Collected Poems, 354-355 y 901.
21 Véase Elliot R. Wolfson, Heidegger and Kabbalah: Hidden Gnosis and the Path of Poisis (Bloomington: Indiana U, 2019), 6: “el Seyn de Heidegger y el Ein Sof cabalístico denotan cada uno una presencia que es siempre una no-presencia, una presencia que puede estar presente sólo al no estarlo, el misterio manifiesto en la no-manifestación del misterio, la nada de la que no se puede hablar en contraste con que no haya nada de lo que hablar” [en inglés en la nota original].
22 Thomas Merton, “Grullas de papel” [“Paper Cranes”], en Collected Poems, 740.
23 Thomas Merton, “El despertar de San Juan Bautista” [“The Quickening of St John the Baptist”], en Collected Poems, 199–202.

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